quarta-feira, 23 de maio de 2012

Nada (Carmen Laforet)



"Nada" (1944), é um Romance de Carmen Laforet, que ocorre nos primeiros anos pós-guerra. Conta a história de Andrea , uma mocinha provinciana recém chegada a Barcelona para estudar, que se hospeda na casa de seus parentes, na sua chegada depara com um cenário fantasmagórico, sombrio. Mas é acolhida com carinho, descobre que é um grupo desequilibrado reflexo da própria guerra, marcada pela fome  e miséria. Ela busca um mundo diferente através de seus amigos da universidade, mas também se decepciona. Em Ena encontra uma amizade sincera, mesmo apesar das diferenças.  Andrea busca  sua identidade e caminha para a vida adulta. Com amadurecimento assume uma posição de rebeldia contra o modelo de feminilidade e da ideologia fraquista, o fato permite ver Andrea como  símbolo da emancipação feminina.
O Romance "Nada" venceu a edição inaugural do Premio Nadal de Literatura, foi um sucesso de critica e público.
Em 1947  foi adaptado em forma cinematográfica pelo cineasta Edgar Neville.


Levanté la cabeza hacia la casa frente a la cual estábamos. Filas de balcones se sucedían iguales con su hierro oscuro, guardando el secreto de las vivendas. Los miré y no pude advinar cuáles serían aquellos a los que en adelante yo me asomaría. Con  las manos un poco temblorosas dí unas monedas al vigilante, y cuando él cerró el portal detrás de mí, com gran temblor de hierro y cristales, comencé a subir muy despacio la escalera, cargada con mi maleta.
Todo empezaba a ser extraño a mi imaginación; los estrechos y desgastados escalones de mosaico, iluminados por la luz eléctrica, no tenían cabida en mi recuerdo.
Ante lá puerta del piso acomentió un súbito temor de despertar a aquellas personas desconocidas. que eran para mí, al fin y al cabo, mis parentes y estuve un rato titubeando antes de iniciar una tímida llamada a la que nadie contestó. Se emprezaron a apretar los latidos de mi corazón y oprimí de nuevo el timbre. Oí una voz temblorosa:


"i ya va! iya vá!"


Unos pies arrastrándose y unas manos torpes descorriendo cerrojos.


Luego me pareció todo una pesadilla.


Lo que estaba delante de mi era un recibidor alumbrado por lá única y débil bombilla que quebada sujeta a uno de los brazos de la lámpara, magnífica y sucia de telarañas, que colgaba de techo. Un fondo oscuro de muebles colocados uns sobre otros como en las mudanzas. Y en primer término la mancha blanquinegra de un viejecita decrépita, en camisón, con una toquilla echada sobre los hombros. Quise  pensar que me había equivocado de piso, pero aquella infeliz viejecilla conservaba una sonrisa de bondad tan dulce, que tuve la seguridade de que era mi abuela.
 __¿Eres tú Gloria? _dijo cuchicheando.


Yo negué com la cabeza, incapaz de hablar, pero ella no podía verme en la sombra.



__Pasa, pasa, hija mía. ¿Qué hacer ahí?  í por díos!Que no se dé cuenta Angustias de que vuelves a estas horas!


Intrigada arrastré la maleta y cerré la puerta detrás de mí. Entonces la pobre vieja empezó  a balbucear algo desconcertada.
__ ¿ No me conoces, abuela? soy Andrea.


__ ¿ Andrea?


Vacilaba. Hacía  esfuerzos por recordar. Aquello era lastimoso.


__ Sí querida, tu nieta... no pude llegar esta mañana como había escrito.
La anciana seguía sin comprender gran cosa, cuando de una de las puertas del recibidor, salió en pijama un tipo descarnado y alto que se hizo cargo de lá situación. Era uno de mís tíos, Juan. Tenía la cara llena de concavidades, como una calavera, a la luz de la única bombilla de la lámpara. En cuanto él me dio unos golpecitos en el hombro y me llamó de sobrina, la abuelita me echó los brazos al cuello con los ojos claros lleno de lágrimas y dijo "pobrecita" muchas veces.


En toda aquella escena había algo angustioso, y en el piso un calor sofocante com si el aire estuviera estancado y podrido. Al levantar los ojos vi que habían aparecido  varias mujeres fantasmales . Casi sentí mi piel al vislumbrar a una de ellas, vestida con un traje negro que tenía trazas de camisón de dormir.Todo en aquella mujer parecía horrible y destrozado, hasta la verdosa dentadura que me sonreía. La seguía un perro que bostezaba ruidosamente, negro también el animal, como una prolongación de su luto. Luego me dijeron que era la criada, pero nunca otra  criatura me ha producido impresión más desagradable.
Yo estaba aún sintiendo la cabeza de mi abuela sobre mi hombro, apretada por su brazo y todas    aquellas figuras me parecían   igualmente alargadas y sombrías, quietas y tristes, como luces de un velatorio de pueblo.
                                                          Nada (Carmen Laforet)



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